El odio
Martes 14 de mayo
6:00 p.m. Entrada libre
Sinopsis
Tras una noche de disturbios en un barrio marginal de las afueras de París, tres amigos adolescentes, Vinz, Saïd y Hubert (un judío, un árabe inmigrante y un boxeador amateur negro, respectivamente), son testigos de un hecho, en el que su amigo Abdel resulta herido por la policía. El deambular por la ciudad, la violencia entre bandas y los conflictos con la policía son las constantes en las 24 horas siguientes de la vida de estos jóvenes.
Ficha técnica
TÍTULO ORIGINAL La haine.
AÑO 1995.
DURACIÓN 95 min.
PAÍS
DIRECTOR Mathieu Kassovitz.
GUIÓN Mathieu Kassovitz.
MÚSICA Varios.
FOTOGRAFÍA Pierre Aim (B&W).
REPARTO Vincent Cassel, Hubert Koundé, Saïd Taghmaoui, Abdel Ahmed Ghili, Solo, Joseph Momo, Héloïse Rauth, Rywka Wajsbrot, Olga Abrego, Laurent Labasse, Choukri Gabteni, Nabil Ben Mhamed, Benoît Magimel, Mathieu Kassovitz, Anthony Souter.
PRODUCTORA Les Productions Lazennec / Le Studio Canal + / La Sept Cinéma / Kasso inc. Productions.
GÉNERO Drama | Crimen. Película de culto.
Premios
1995: Festival de Cannes: Mejor Dirección.
1995: Premios del Cine Europeo: premio de la juventud.
1995: 3 Premios Cesar: mejor película, producción y montaje. 10 nominaciones.
Crítica
Odio contra odio
Por Oswaldo Osorio 

Este
filme comienza con una voz en off que nos cuenta acerca de la caída de
un hombre desde lo alto de un edifico, el hombre mientras descendía
decía "todo va bien, todo va bien...", pero anotaba la voz en off que,
en realidad, lo que importaba no era la caída sino el aterrizaje. Esta
película es la historia de una caída, la de tres jóvenes que están en
medio de un caótico mundo donde las escaramuzas con la policía hacen
parte de la cotidianidad, y los odios raciales y sociales son la mecha
que las enciende; pero también es la historia de una caída más grande
todavía, la que están teniendo muchos países europeos con el problema de
los nacionalismos.
El odio (La haine, 1995), de Mattieu Kassovitz, a
través de estos tres jóvenes: un negro, un árabe y un francés (pobre,
naturalmente), que viven en La Citté, una población cercana a París,
nos abre las puertas de un mundo más o menos desconocido para nosotros,
una Francia (y por extensión una Europa) que nada tiene que ver con sus
monumentos, su rancia cultura, su desarrollo y las buenas intenciones de
la Unión Europea. Es una Francia sumergida en una guerra continua entre
una sociedad compuesta por marginales y advenedizos, vecinos pobres que
han logrado saltar los muros fronterizos, contra casi todo lo que los
rodea: los prejuicios nacionalistas, la policía y la sociedad compuesta
por ciudadanos de primera, que de manera activa o pasiva hacen también
parte de la resistencia contra esa otra sociedad marginal.
La
cuna de la Ilustración, que hace 250 años abogaba por la igualdad de
los hombres y la tolerancia religiosa, hoy es un país donde está una de
las mechas encendidas de la gran bomba de tiempo que tiene la Comunidad
Europea entre las manos. Ahora las nuevas religiones son los
nacionalismos y la intolerancia racial, pero el odio ciego y sin
fundamento se manifiesta de la misma manera, a través de la violencia y
el uso de las armas. Por eso parece inminente otra Noche de San
Bartolomé, aquel episodio en el que las calles parisinas y de provincias
se vieron cubiertas por los cuerpos de miles de hugonotes víctimas de
la ira e intolerancia de los católicos bajo la regencia de los Médicis.
Pero matar no es tan fácil, así nos lo demuestra este filme cuando Vinz,
ese De Niro sin taxi que reta su imagen en el espejo, tiente en frente
del cañón de su pistola a un skin, el peor enemigo de un marginado
racial. Porque el odio parece que necesita algo más, decisión, tal vez, o
un motivo inmediato. Esa decisión o ese motivo es lo único que hace
falta para que en algún lugar de Europa (o de Estados Unidos también),
se repita lo sucedido aquella tristemente célebre noche de 1572.
Se odia en blanco y negro
Mattieu
Kassovitz nos muestra esta realidad de la única manera posible: en
blanco y negro, porque el color está fuera de lugar cuando de mirar
ciertas realidades se trata, es como un imperativo ético y estético al
que muchos realizadores han llegado reflexionando cada uno por su
cuenta: Steven Spielberg con su Lista de Schindler (1993) o Tom Kaye con
los episodios más fuertes de su Historia americana (1998), por sólo
mencionar dos casos que tienen que ver con racismos y nacionalismos.
La
narración y el lenguaje visual también parecen exigir en estos casos
ser concebidos con la mayor sencillez posible, sin afeites ni
estilizaciones. Incluso el director opta también por la simpleza
cronológica, pues la historia que nos cuenta se desarrolla en apenas 24
horas, tiempo en el que Vinz y sus dos amigos, el árabe y el negro, son
testigos del ambiente tenso y de zozobra que se vive en La Citté, luego
de que un amigo fuera herido de muerte en uno de esos disturbios, que ya
parecen más un ritual social, entre policías y marginados.
Ellos
tres están parcialmente fuera del conflicto, no son actores directos
pero se ven envueltos aunque no lo quieran, pues son parte de esa otra
sociedad, y eso se comprueba cuando van a París y son tratados peor que
en La Citté, porque son escoria que ensucia la Ciudad Luz, porque ya
están estigmatizados con la marca de la violencia, de la desadaptación y
los problemas. Claro que no sólo es mero prejuicio de los "ciudadanos
de bien", esa marca sí está en ellos y así queda probado con su
comportamiento cuando "se invitan" a la inauguración de una exposición.
También sale a flote la marca del odio y la violencia cuando la
diferencia entre ser parte activa o pasiva del conflicto la hace un
revólver que se encuentra Vinz. Por eso entre los códigos que propone
Kassovitz en su relato, Vinz es el odio, el negro es la conciencia de la
no violencia y el árabe es la confusión y el desconcierto de quien se
sitúa entre dos extremos y se le exige elegir uno de ellos. El problema
es que parece más fácil odiar, pues todas las condiciones están dadas
para responder al odio con más odio.
Por todo
esto, El odio, de Mattieu Kassovitz no es sólo una película, pues sus
cualidades cinematográficas, que son muchas, desde la concepción de sus
imágenes hasta la contundencia de su relato y construcción de
personajes, se subordinan a esa realidad que recrea y a las inquietudes
que deja planteadas. Más que una película, entonces, adquiere el
carácter de documento, de una advertencia que después mirará con
vergüenza a esa Europa intolerante luego de que haga explosión, luego de
una nueva, y seguramente más catastrófica, Noche de San Bartolomé,
luego de que aterrice de la caída, y ya nada estará bien, nada estará
bien...
Tráiler

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