Los colores de la montaña
Martes 11 de junio
6:00 p.m. Entrada libre
Sinopsis
Manuel, un niño de nueve años, que juega al fútbol todos los días en el
campo con una vieja pelota, sueña con llegar a ser un gran guardameta.
Su alegría es enorme cuando, Ernesto, su padre, le regala un balón
nuevo; pero, desgraciadamente, un accidente inesperado hace que el balón
caiga en un campo minado. A pesar del peligro que supone, Manuel, que
no está dispuesto a renunciar a su balón, convence a sus dos mejores
amigos, Julián y Poca Luz, para que le ayuden a recuperarlo. En medio de
las aventuras y los juegos infantiles, los signos de un conflicto
armado empiezan a perturbar la vida de los habitantes de La Pradera.
Ficha técnica
Título original:
Los colores de la montaña.
Año: 2010.
Duración: 88 min.
País:

Colombia.
Director:
Carlos César Arbeláez.
Guión: Carlos César Arbeláez.
Música: Camilo Montilla, Oriol Caro.
Fotografía: Oscar Jiménez.
Reparto:
Hernán Mauricio Ocampo,
Nolberto Sánchez,
Genaro Aristizábal,
Natalia Cuéllar,
Hernán Méndez.
Productora: Coproducción Colombia-Panamá; El Bus Producciones.
Género:
Drama.
Crítica
Los paisajes de la guerra
Por Oswaldo Osorio
Lo más atroz que tiene el mundo es la guerra y lo más puro y honesto
es la infancia. Cuando el cine reúne estos dos extremos, por lo general
expresa con gran elocuencia la crueldad de la primera y la transparencia
de la segunda. Y efectivamente, eso ocurre en esta entrañable película,
la cual habla del conflicto colombiano con sutil contundencia, sin
gritos ni sensacionalismo, así como de la naturaleza de los niños, sin
empalagos ni sensiblerías.
Es la ópera prima de Carlos César Arbeláez, un juicioso e intuitivo
director que tiene un valioso recorrido en el documental (con poderosas
obras, entre muchas otras, como
Negro profundo: historias de mineros y
Cómo llegar al cielo) y en el cortometraje, con
La edad del hielo (1999) y
La serenata
(2007), dos títulos que ya dejan entrever un estilo propio y un
universo: el eficaz trabajo con actores naturales, un talento para
retratar la cotidianidad y el color local, y una propensión a mirar con
gracia y naturalidad las situaciones adversas.
En este país no se dejarán de hacer películas sobre el conflicto, es
necesario e inevitable. Las mejores cintas colombianas generalmente son
las que abordan este tema. Pero ante el riesgo de la reiteración y el
lugar común, es la novedad del punto de vista y el tono en el
tratamiento lo que puede hacer la diferencia, lo que dirá algo nuevo
ante lo ya dicho muchas veces.
Esta película propone esa diferencia con su tono y punto de vista. La
mirada desde los niños reconfigura y le da otro matiz a la visión que
se tiene del conflicto armado en Colombia, a la forma y el proceso como
es vivido por la gente del campo. Esto lo hace con la sólida
construcción de una atmósfera de cotidianidad y desenfado que se va
quebrando y donde, progresivamente, impone un ambiente desequilibrado.
Este proceso es presentado casi sin asomo alguno de violencia
explícita o estruendosa, aunque sin quitarle la gravedad al asunto.
Porque, en principio, no es un relato sobre la guerra en sí, ni sobre el
desplazamiento forzado, sino sobre los momentos previos a todo ello,
sobre la pérdida de la inocencia, en este caso representada en la
pacífica vida campirana y enfatizada con la mirada y la amistad de unos
niños.
Aunque la película da cuenta del momento coyuntural de la irrupción
de la guerra, también se puede ver que hay cierta familiaridad con ella:
un hermano en la guerrilla, la colección de balas, los grafitis, los
tipos que van y vienen, en fin, una serie de elementos que hacen parte
del paisaje, pero que solo son tomados en cuenta cuando empiezan a
perturbar sus vidas, o cuando, muy elocuentemente, un salón de clase se
empieza despoblar.
La lucidez y contundencia de esta historia es transmitida al
espectador por medio de un relato sólido y sutil, pues sabe crear una
progresión dramática que gana en intensidad y se muestra sugerente y
contenido en las reflexiones que propone sobre el conflicto y su efecto
en el campo y en los niños. Además, tiene la medida precisa para
combinar esto con momentos de cotidianidad y jocosidad, por lo que
resulta ser un filme duro y comprometido, pero también entretenido y
encantador.
Publicado el 13 de marzo de 2011 en el periódico El Colombiano de Medellín.
Tráiler